Sonrisas de Asia

Pocos son los países que ofrecen una variedad tan amplia de paisajes distintos  en relativamente pocos kilómetros cuadrados de territorio.

Esta es la sensación que invade al viajero que visita Vietnam. Desde las verdes montañas de Sapa con sus etnias de vestidos variopintos a los afluentes llenos de vida del Mekong, pasando por la misteriosa y única Bahía de Halong… sólo unos pocos elementos se repiten: el verde casi fluorescente de los arrozales y la sonrisa espontanea y directa de sus gentes.

A nuestra llegada a Hanoi, la capital de Vietnam, nos basta un pequeño recorrido desde el aeropuerto al centro de la ciudad para darnos cuenta de que nos adentramos en un mundo diferente, en una sociedad marcada por otra cultura, otra historia, otro ritmo.

¡El tráfico es un auténtico caos! Por todas partes se cruzan coches que pitan, motocicletas que llevan hasta 5 personas encima y bicicletas que transportan cargas imposibles. Cruzar la calle se convierte pronto en una hazaña. Es impactante comprobar en primera persona que en una ciudad de 6,5 millones de habitantes existan 3,2 millones de motos.

Las mujeres cargadas con sus balancines de caña de bambú (nahn) pasean sus frutas incansables entre los vendedores de comida a pie de calle. En las puertas de las casas se hace de todo: se vende, se cocina, se come, se lava, se juega, se conversa, se duerme y se ve  la vida pasar.

Un universo de olores colma los sentidos… las especias de los mercados, las sopas para el desayuno (pho), el pollo, el pescado, las verduras… todas cocinadas en la calle.

Entre las interesantes visitas que nos ofrece la ciudad, nos acercamos al fascinante Templo de la literatura. Construido en el 1070 y dedicado a las enseñanzas de Confucio se convirtió más tarde en el primer colegio nacional del país. Los nombres de los alumnos más destacados, grabados en piedras centenarias son testigo imperturbable del paso de los viajeros. A través de sus cinco patios, nos asomamos curiosos a una sociedad que continua arraigada en  unos principios morales divididos entre el confucionismo, el budismo y el culto a los antepasados.

Visitamos mercados bulliciosos, lagos de leyenda y templos milagrosos sin olvidarnos de presentar nuestros respetos al líder revolucionario comunista y padre de la independencia de Vietnam: Ho Chi Minh cuyo mausoleo exhibe su cuerpo embalsamado con un aspecto exacto al que vemos en los libros de historia.

Con el sabor de esta caótica ciudad todavía en los labios, embarcamos en un tren rumbo al norte del país, cerca de la frontera con China para visitar las tribus indígenas de Sapa.

El bullicio de Hanoi va dejando paso a la tranquilidad de la vida en las montañas y nos va descubriendo paisajes cada vez más verdes y sorprendentes.

Un trekking por las montañas de Sapa visitando los distintos poblados de Cat Cat, Y Linh Ho, Ta Van , etc… es la mejor manera de descubrir el tipo de vida de las distintas etnias que pueblan estos parajes.

Paseando entre arrozales magníficos y aldeas de cuento, la tranquilidad del lugar y la energía de sus gentes nos  invaden hasta formar parte de nosotros. Niñas de apenas 9 años llevan a cuestas a sus hermanas de 2 con la única ayuda de un pañuelo de tela y su determinación.

Niñas descalzas y despeinadas de mirada despierta y vivaracha  nos acompañan durante kilómetros por caminos de tierra y piedras por los que nosotros no meteríamos un solo pie sin el calzado más técnico del mercado.

Es fácil deducir que no tienen mucha ropa y que la que tienen lleva años agujereada. Las sandalias, si las llevan, están rotas y maltrechas. Sin embargo, ¿Cómo es que no aparece en nuestros corazones ni el menor síntoma de pena por ellas? Porque en sus miradas no se refleja ni el frío ni la incomodidad ni el cansancio, sólo vida, sonrisas, y el empeño firme de conseguir un objetivo: vendernos al final de nuestra ruta un par de pulseras hechas a mano.

Esto nos presenta una visión chocante de lo espabilado que puede ser un niño de tan temprana edad y lo “súper protegidos” que los tenemos en nuestro “primer mundo”.

Al ver la sencillez de las casas de los aldeanos, la catarsis está servida: ¡Qué de cosas tenemos en nuestro mundo “desarrollado” que no necesitamos!

Después de un largo día de trekking, una merecida cena al fresco contemplando la caída del sol sobre los arrozales en casa de una familia local es un regalo más que bello.

Una vez finalizada nuestra aventura en Sapa, otro paisaje totalmente distinto pero igualmente fascinante nos espera para ofrecernos toda su belleza: La Bahía de Halong.

Es sin duda uno de los paisajes más célebres de Asia y un lugar que nadie quisiera perderse en un viaje a esta parte del mundo.

En este lugar, unos dos mil islotes rocosos de todas las formas y tamaños se extienden sobre centenares de kilómetros sobre el Golfo de Tonkín.

Aunque se hayan visto fotografías de este lugar en mil y un folletos turísticos, el viajero no puede imaginarse lo que es navegar dentro de esta maravilla de la naturaleza hasta que lo vive en primera persona.

Nuestro barco se adentra entre las rocas de la bahía y contemplamos como a medida que pasan las horas del día, el mar y las rocas toman tonos distintos a cual más maravilloso.

Zambullirse en sus aguas desde nuestro fantástico Junk (embarcación tradicional de madera) es un auténtico placer. Visitamos cuevas enormes donde se refugiaban los guerrilleros de Vietminh durante la guerra de Vietnam y nos acercamos en kayak a los promontorios más laberínticos para ver de cerca los monos que habitan los islotes.

La noche cae en la Bahía de Halong y la luz de la luna es suficiente para no perder de vista las siluetas negras que se difuminan a nuestro alrededor por toda la bahía. En este escenario mágico, una frase de la mítica película “Indochina” (protagonizada por Katherine Deneuve rodada en estos parajes) me viene a la mente: “Aquellos que se introducen en esa bahía… nunca vuelven”. Nosotros volveremos, claro, pero algo de ese lugar especial se quedará con nosotros.

Nuestra visita a Vietnam continua rumbo al centro donde nos espera la famosa ciudad imperial de Hué (antigua capital de Vietnam).

Un recorrido guiado por la antigua ciudadela fortificada nos presenta un legado histórico de cómo era la vida de los reyes vietnamitas en los siglos anteriores.

Visitamos los faraónicos mausoleos de reyes como Minh Mang, cuya construcción se saldaba las vidas de cientos de obreros y cuyo diseño encargaba el propio monarca a su gusto y complacencia.

Estos mausoleos, cuya extensión ocupa varias hectáreas, se componen de templos simbólicos custodiados por estatuas de mandarines, fosas repletas de flores de loto, lagos, bosques y colinas que guardan celosamente el lugar exacto de la tumba.

Pero Hué nos ofrece también otros atractivos: la visita al mercado de Dong Ba, un paseo por el río del Perfume, la antigua pagoda de Thien Mu y la visita a un auténtico Templo budista en activo. Hué es además la ciudad donde se fabrican tradicionalmente los famosos sombreros cónicos que encontramos por todo el país.

Siguiendo la ruta hacia el sur llegamos a la preciosa ciudad antigua de Hoi an. Es un lugar perfecto donde los haya para pasearse en bici o a pie y respirar la tranquilidad de esta pequeña ciudad tradicional a orillas del mar. Un paseo en bici hasta la playa pasando por zonas más rurales es un recorrido perfecto para ver la actividad diaria de sus gentes sencillas. Sus hermosas calles, el viejo puente chino y las antiguas casas de ilustres mandarines son algunos de los atractivos de este lugar.

Hoi An es un lugar excepcional para las compras: desde lámparas de colores que iluminan las calles de la ciudad de noche  hasta todo tipo de telas y prendas de vestir. Varios talleres a pie de calle trabajan incesantes para elaborar trajes a medida a un precio más que económico y en un tiempo récord para aquél que se deja seducir por las telas de seda.

Abandonamos el centro de Vietnam para aterrizar en la famosa ciudad de Ho Chi Minh, antiguamente conocida como Saigón y escenario de grandes momentos históricos de la guerra de Vietnam. Visitando el Palacio de la Reunificación o el museo de la guerra seremos testigos de parte la historia de una de las más cruentas guerras acaecidas en el último siglo. Momentos clave en la historia de este país como la entrada victoriosa de las tropas del Vietminh en Saigón y la reunificación de Vietnam en 1976 acontecieron aquí.

Muchos edificios como la famosa Catedral o la antigua estación de tren, construida por los franceses son vestigios de la colonización francesa muy visibles hoy en día.

Algunos locales de ocio de la ciudad como la discoteca “Apocalypse Now” decorada con  “alambradas eléctricas” y frecuentados por muchos turistas occidentales, parecen recordar  las largas estancias de los marines estadounidenses mezclándose con la población vietnamita durante su alianza con el sur de Vietnam en la guerra.

Tras dejar Ho Chi Minh nos adentramos en el Mekong a bordo de nuestro barco rumbo a la frontera de Camboya.

Viajar por el Mekong constituye una aventura en sí misma y ofrece un sinfín de curiosidades. Desde los mercados flotantes donde los lugareños venden sus cultivos, hasta criaderos de peces flotantes pasando por granjas de cocodrilos, jardines exóticos o poblados enteros con casas, templos y escuelas. Navegar por el Mekong es prepararse a descubrir escenas inolvidables a cada giro de nuestra embarcación.

Este gran río de casi 5000 km de longitud que nace en China y desciende por Tailandia, Birmania, Laos y Camboya hasta morir en Vietnam. En forma de abanico, el Mekong aglutina formas de vida de poblados enteros que viven en él y de él.

Es por el Mekong por donde cruzamos la frontera Camboyana para desembarcar después en su capital: Phnom Penh.

En Phnom Penh visitamos el Palacio Real y el Museo Nacional que nos acercan a la historia de este castigadísimo país. Una visita a Toul Sleng es obligada para recordar la historia reciente que jamás debiera repetirse. Este museo de los genocidios de guerra conserva pruebas de los actos que provocarán la desaparición de entre uno y tres millones de personas en Camboya entre 1975 y 1979 bajo el régimen de Pol Pot y los Jemeres Rojos.

Por último, volamos a Siem Riep donde una breve pero aprovechadísima visita nos desvelará los misterios de una de las maravillas de mundo jamás creada por el ser humano: los templos de Angkor.

La zona de Angkor estuvo habitada por pequeños pueblos desde el siglo I d. C., pero su época dorada se inicia en el año 802 d.C., cuando el Rey Jayavarman II somete las tribus circundantes, creando un único reino del que se declara Devaraja  o rey-dios. Para reforzar la imagen de su ascendencia divina, empieza a construir grandes obras religiosas, iniciando una tradición que continuarán sus sucesores durante siglos, produciendo multitud de templos hasta el abandono de la zona, a mediados del siglo XV, y motivado por causas todavía no del todo esclarecidas.

Declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1992, estos maravillosos templos se están rescatando de la naturaleza gracias a la labor de los arqueólogos en su mayoría franceses, ya que las raíces de los grandes árboles que allí crecen están literalmente engullendo los monumentos.

Esperar la salida del sol detrás de estos templos a las 5 de la mañana representa una emoción casi infantil que compensa con creces el madrugón.

Los motivos esculpidos en sus piedras se multiplican en cada templo y el viajero  se ve desbordado ante la belleza inabarcable de estas obras faraónicas construidas tanto tiempo atrás y que resisten imperturbables el paso del tiempo. La piedra desgastada por las lluvias contrasta maravillosamente con el verde de la naturaleza camboyana.

Nuestro viaje por el sudeste asiático se acaba y el regusto final no puede ser mejor. Aún nos harán falta algunos días, después del largo retorno a casa, para “digerir” todo lo que hemos vivido en este interesantísimo viaje.

Vietnam y Camboya con sus paisajes, sus gentes, sus aromas, sus costumbres y su maravillosa actitud de superación ante la vida, van quedando atrás pero la emoción de todo lo descubierto ya forma parte de nosotros para siempre.

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