El valle del Omo, el corazón de África

El valle del Omo

En el sur de Etiopía, una cuarentena de etnias viven en un lugar en el que el tiempo parece haberse detenido. La construcción de una presa pone en peligro este hábitat privilegiado

TEXTO: XAVIER MORET

VIAJAR AL VALLE DEL OMO, al sur de Etiopía, significa viajar a las raíces de África, al origen de todos nosotros. Escribió el explorador sudafricano Laurens van der Post que si África nos atrae es “porque nos permite recorrer los misterios, lo ignoto, las complejidades de nuestro propio corazón, de nuestro espíritu, aún no comprendido del todo”. Esto es lo que se pone de relieve en el fascinante Omo, un valle de gran belleza en el que el tiempo parece haberse detenido muchos años atrás. Dicen los antropólogos que a lo largo de los siglos el valle del Omo ha sido escenario de una migración de distintos grupos étnicos que se movían por los aledaños del valle del Rift, esa gran cicatriz geológica que marca el África de los grandes lagos y de los volcanes. Allí se encontraron restos de homínidos de cuatro millones de años y, todavía hoy, la presencia de más de 40 etnias intriga a los estudiosos. La construcción de una gran presa, sin embargo, podría suponer el principio del fin para este valle que parece resumir un mundo lejano.

QUE ETIOPÍA ES OTRA COSA queda claro apenas aterrizas en Adís Abeba, donde un gran cartel te avisa de que eres siete u ocho años más joven. Son cosas del calendario etíope, que todavía anda por el 2008. Tras salir de la caótica capital, el largo viaje hacia el sur permite contemplar unos bellos paisajes de altura con grandes rebaños, gente que camina por el arcén y casas de adobe en las que la paja de los tejados tradicionales ha sido sustituida por la lata. En medio, cultivos, colinas ondulantes y un largo descenso que va de los 2.355 metros de Adís a los 1.285 metros de Arba Minch. Los dos lagos que hay junto a Arba Minch ya anuncian la cercanía de un mundo distinto. Entre ambos se extiende una franja de Dos estampas clásicas del valle del Omo, la cuna de la humanidad (se han hallado restos de homínidos de cuatro millones de años). Arriba, uno de los muchos rebaños que proporcionan sustento a los habitantes. Debajo, niños mursis juegan frente a una chozas del poblado. selva llamada Puente de Dios. Por allí, según la tradición, transitaban las almas hacia el otro lado del lago, donde se alzan las montañas y el paraíso. Jordi García Guitart, fundador de la agencia Terres Llunyanes y buen conocedor de Etiopía, nos lleva a un pequeño grupo desde Arba Minch hasta el poblado de Chencha, a 2.600 metros de altura. Allí nos recibe Makone, un hombre de la etnia dorze con aspecto de rastafari que nos muestra las típicas casas elefante, altas y estrechas, construidas con hojas de ensete, una planta parecida a la babanera. La hoguera que humea en el interior añade un aire de misterio al ritual del café que completamos bebiendo tej, la cerveza etíope de cebada y lúpulo, y participando de la alegría de los dorze. En el camino hacia Jingka, el pueblo que ejerce de puerta de entrada al valle del Omo, los misteriosos poblados de los konso, rodeados de terrazas cultivadas, siguen predisponiendo a la visión del Edén. Unos kilómetros más allá, al final de una pista que caracolea por el monte, surge la visión idílica del valle del Mago: un extenso llano verde con las montañas de Kenia al fondo. “Estamos en el triángulo de Ilemi, una región que se reparten Etiopía, Sudán y Kenia donde hay una concentración muy interesante de etnias”, comenta Jordi. En esta tierra, donde aún pueden verse elefantes, la visita a un poblado mursi nos pone en contacto con una de las etnias del Omo y nos invita a deshacer tópicos. Los mursis, un pueblo nómada que se dedica a la caza y la agricultura, son en total unos 10.000, pero en las chozas de este poblado viven unos 200. Apenas llegamos aparecen los primeros mursis, con el cuerpo pintado y el kalashnikov al hombro. “Antes de hacerles una foto hay que pactar un precio –nos aclara Jordi–. Si no les pagas, pueden ponerse agresivos”. Vistos los numerosos kalashnikovs, optamos por guardar las cámaras mientras Jordi va a visitar al jefe del poblado. “Estamos de suerte –sonríe a la vuelta–. Ollie está aquí. Es un jefe especial, ya que habla un inglés perfecto. Hemos pactado 5 birrhs (0,20 euros) por foto”. NOS SENTAMOS DEBAJO DE UN ÁRBOL para huir del calor y Ollie aparece al cabo de unos minutos. Es alto y fuerte y se tapa el cuerpo con una única pieza de tela. Alrededor se sienta la gente del poblado; ellas vestidas a la manera tradicional, con la cara pintada, brazaletes metálicos, aparatosos adornos en las orejas y un plato incrustado en el labio inferior. Ellos también van pintados, con escarificaciones en el cuerpo, y no se separan del kalashnikov o del donga, el bastón tradicional que usan para defenderse o pelearse. Todos van descalzos. “A los 21 años viajé a Australia con una beca –nos cuenta Ollie tumbado en el suelo–. Allí aprendí inglés. También he estado en varios países europeos y en Nueva York. Tengo 38 años, dos mujeres y seis hijos”. Cuando le pregunto qué le hizo volver aquí, responde: “Volví al poblado para ayudar a los míos a vivir mejor. Me gustaría que hubiera más educación, agua corriente y medicinas. Estaría bien tener una escuela, aunque fuera debajo de un árbol”. Los mursis son nómadas y se desplazan una vez al año, siempre en busca del agua. “Hace ocho años tuvo lugar la última guerra –cuenta Ollie cuando le pregunto por qué todos llevan un kalashnikov–. Las otras tribus nos robaban cabezas de ganado. Hubo muertos, pero ahora estamos en calma”. Es el frágil equilibrio del valle del Omo, donde todas las tribus cuidan de sus rebaños y del acceso al agua en una lucha por la supervivencia en la que a veces estalla la violencia.

Resulta un engorro ir sacando billetes de 5 birrhs cada vez que haces una foto, pero es lo pactado. Todos sonríen y te incitan a fotografiarles, pero nunca olvidan cobrar. Es la ley del valle del Omo, una ley no escrita que empezó con la llegada de los primeros turistas que se empeñaban en fotografiarlo todo. De vuelta a la pista, encontramos grupitos de hamers que caminan sin prisa por la tierra roja. Visten a la manera tradicional: ellas con los pechos al aire y collares de conchas; ellos con el kalashnikov al hombro y el pelo untado de barro. Parecen salidos de otro tiempo, incluso de otro mundo, pero les hermana con los mursis su afición a cobrar por cada foto. “A pesar del arma, los hamers son buena gente”, comenta Jordi. Sabe de qué habla, ya que en los muchos años que hace que viaja a Etiopía ha acabado adoptando a todo un poblado. Cuando él llega, nos reciben con jolgorio, se abrazan a Jordi y nos muestran sus chozas, el cercado donde guardan el ganado y la selva que se extiende alrededor, un supermercado natural de donde sacan todo tipo de productos. Mientras cenamos un cabrito asado a la luz de la luna, aparecen unas mujeres que hacen sonar con insistencia un cencerro que anuncia que en los próximos días se celebrará el Salto del Toro en un poblado cercano. “Es el ritual que pasan los hamers para ser hombres –cuenta Jordi–. Cuando un muchacho se cree preparado, se retira unas semanas al bosque, donde solo puede visitarle su mejor amigo. Cuando está a punto, avisa y se prepara la fiesta”. La víspera, las mujeres de la familia son azotadas con ramas hasta que se rompen. Por eso todas las hamers tienen cicatrices en la espalda. El día del ritual, el candidato a adulto tiene que saltar por encima de todas las vacas del poblado alineadas, una junto a otra. Si lo consigue, todos aceptarán que ya es un hombre. Por desgracia, no podemos quedarnos a ver el ritual. La eterna prisa del viajero occidental nos lo impide. Donde sí vamos, sin embargo, es al mercado de Dimeka, donde los hamers acuden a pie para comprar sorgo, abalorios, especias, calzado hecho con neumáticos viejos y el polvo rojo que usan para embadurnarse el pelo. Tras cruzar el río Omo por un puente que no aparece en los mapas, visitamos cerca de Kangate un poblado nyangatom que consiste en unas pocas cabañas dispersas en el desierto. A la sombra de un gran árbol, Jordi negocia un precio conjunto para las fotos. Mejor, así no habrá que ir sacando un billete por cada instantánea. Una vez fijado el precio, fotografiamos a los miembros de estos nómadas que no entienden de fronteras. Ellos se muestran dignos, con el kalashnikov al hombro, mientras los niños sonríen con timidez y las mujeres nos invitan a visitar sus chozas. LOS KARO SON OTRA ETNIA INTERESANTE del valle del Omo. Van pintados de blanco y tienen cierto parecido con los hamers. Desde su poblado, en un terraplén a orillas del Omo, se ve la curva del río que de dirige al lago Turkana, ya en Kenia, y que está amenazado por la gran presa Gibe III. “El río ya ha bajado varios metros –me cuenta uno de ellos en un inglés básico– y harán grandes plantaciones. Todo el valle está cambiando muy deprisa”. El proyecto de modernización del Omo incluye también varias factorías de algodón, azúcar y biocombustibles, que construyen empresas de distintos países. El Gobierno etíope pregona que todo lo hace por el bien del país, pero no ha tenido en cuenta a unas etnias que cada día se sienten más acorraladas en su mundo de ayer. “La presa será un desastre de grandes proporciones para las tribus del valle del Omo– sostiene Stephen Corry, director de Survival International–. Su tierra y sus rebaños serán destruidos, y se acabará su modo de vida tradicional”. Mientras ese momento terrible no llega, merece la pena visitar el valle del Omo, un mundo fascinante amenazado por el implacable progreso.

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